El cráter
Sobre las ligeras depresiones
Lo supe por un Tiktok. El guardaespaldas de Messi inmovilizando a cualquier fan que se dirigiese al jugador, apartaba las manos de sus hombros, agarraba los objetos a punto de caer. Messi es Dios, dicen. Yo diría que su guardaespaldas también. No podía parar de mirar el vídeo. Eso solo podía significar una cosa: estaba entrando en El cráter.
¿Cómo es para ti aquel lugar oscuro? El mío se parece a un mundo en el que no me puedo sostener por mí misma. Será por eso que llevo días con una contractura lumbar que no me permite ni calzarme sola. Cuando logro ponerme en pie, tengo que apoyarme en la pared. La contractura lumbar viene de una otitis, que viene de una bronquitis. La pregunta interesante es la que sé pero no digo: por qué agarré esa primera inflamación. Teniendo en cuenta que el fútbol me da totalmente igual, ¿qué me obsesionaba tanto de este vídeo? Me evoca la fantasía de ser llevada y protegida como a un bebé. Me gustaría dirigirme a las dos millones de personas que le dieron like al vídeo y preguntarles si les gustó por el mismo motivo.
Salí a la calle y me puse a andar a un paso inusualmente lento, la mirada clavada en el suelo. Cuidado, estás entrando en El cráter, me avisé. Una cosa buena de haber tocado fondo en el pasado es que cuando las siguientes ocasiones se acercan, es más fácil verlas venir. Conviene pillarse a una misma lo más rápido posible.
Otra evidencia de que el cráter está cerca: si tras once horas durmiendo, durante los minutos de transición entre el mundo de los sueños y el de los vivos, me repito sin parar que no existe cosa más digna que dormir.
Seguí paseando a pesar del dolor de espalda. El cielo estaba rojo, a punto de pasar a negro. Pasé por una iglesia. Yo, que nunca las frecuento, no dudé en entrar. Me senté en un banco vacío, no había nadie a aquella hora. La última vez que había estado en una fue en París, esperando el inicio del desfile de Balenciaga, muerta de frío. Delante de mí había una figura de la Virgen con Jesús en sus brazos y un tríptico de La última cena. Respiré hondo, cerré los ojos. Recé por el mundo, por mi familia y por mí. Me incorporé a duras penas y salí de ahí, igual de desesperada que había entrado.
Supe que en ese lugar no estaba Dios porque días antes, a raíz de un proyecto de trabajo, visité la casa de una señora de noventa años. Nada más entrar en aquel hogar, una fuerte impresión había atravesado mi cuerpo. La casa estaba enteramente bañada por rayos dorados de luz. Olía a incienso, en su librería había libros de Simone Weil y de budismo. La vi en fotos, rodeada de sus hijos y de sus nietos. «Es una señora muy espiritual», me explicaron cuando pregunté por ella. Algo de aquel lugar me había emocionado lo suficiente como para soltar lágrimas en medio de un trabajo con desconocidos. Las disimulé como pude. En los lugares donde se ha meditado mucho se queda un poso de algo inexplicable. Yo creo que es Dios. No es eso lo que sentí en aquella iglesia, sí lo percibí en la casa de una desconocida. En ambos lugares, el dueño estaba ausente.
Volví a mi piso. Seguí mirando el vídeo del guardaespaldas de Messi en bucle. Puse el lavavajillas. Tuve que abrirlo en marcha porque había olvidado un tenedor y un vaso. Intento no hacerlo a menudo, respeto su trabajo. Accedí de golpe a un micro universo aparte, sucediendo dentro de mi casa: agua sin control con un propósito exacto. Sentí que me metía dentro de una cascada de agua caliente. Por unos segundos, me envolvió su vapor, lo sentí como un abrazo. Coloqué con premura la vajilla olvidada, cerré la puerta, flas, caso resuelto.
Siento una fascinación extrema cada vez que abro el lavaplatos en marcha. Hay nobleza en él. Realiza uno de los trabajos más pesados y más importantes y lo hace con una discreción absoluta, solo es por su ruido blanco que sabemos que está trabajando. La aspiradora sería su opuesto, pavoneándose por toda la casa. «Misión cumplida, Madame», dice sin decirlo cada vez que se abre automáticamente cuando ha terminado el programa. Dime qué otra cosa puede ser la elegancia. Me gusta abrir el lavavajillas en marcha porque me recuerda que no todos mis errores son irreparables. ¿Será el lavaplatos mi propio guardaespaldas, como el de Messi?
A la mañana siguiente, decidí volverme a poner en manos de la medicina. «Te vas a urgencias, lo sabes, ¿no?», me preguntó P cuando me vio dudando entre dos camisas azules que me pondría debajo del chaleco de punto de Chloé comprado en Vinted con el crédito de la venta de unas prendas. Cómo responderle de forma ligera que la posibilidad de elegir la ropa es alquímica para mí, un juego que tengo con la realidad.
Sí, estaba en urgencias por segunda vez en lo que va de año, deseando que el número TQ25 apareciera por fin en la pantalla de la sala de espera:



